Un viaje a nuestros prejuicios


Voy a participar de La Expedición. Es curioso, porque el recorrido de ese viaje corto hecho largo, será el camino a casa. La Plata es donde vivo, lo que conozco, el territorio sobre el que intervengo.
En cierto modo, para mí, la primera expedición será ir a Buenos Aires. Cada vez que viajo allá, para hacer un curso, para visitar a una amiga, para ir a una movilización, pienso en París. Es una metáfora, claro; Buenos Aires no es París, aunque muchas veces cree serlo. Es el centro ilustrado, todo pasa por ahí, dios atiende en Buenos Aires dice el dicho popular. Para los porteños, La Plata queda mucho más lejos de Buenos Aires que la distancia que separa a la capital federal de este pueblo grande donde Roger encontró “un buen número de artistas y colectivos que prefieren permanecer en el lugar donde viven y actúan” y “más pensamiento artístico en términos colectivos…”.

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Lo más seductor de La Expedición es, quizá, poder explorarse a una misma. No somos los exploradores del siglo XV o del XIX, esos que iban al encuentro de un mundo pretendidamente vacío. Sabemos que no hay desiertos en el camino. Más bien los expedicionarios vamos a ver quiénes somos y cómo estamos siendo. El terreno a explorar somos nosotros mismos. Y nuestros contemporáneos, claro. Otros a quienes no conocemos. Igual que los promotores iniciales de la Expedición, sé muy poco sobre las personas, los lugares y la producción de las “localidades intermedias” de nuestro recorrido.
Explorarnos a nosotros mismos será escarbar nuestros preconceptos, nuestras imágenes difusas, nuestras ciudades imaginadas. Cuando una habla de su terruño con alguien de Buenos Aires, Quilmes o Avellaneda descubre que, para la mayoría, City Bell, Tolosa, el Islas Malvinas o Meridiano V son todo lo mismo: La Plata. Lo que en la propia experiencia son personajes disímiles, proyectos en tensión, colores y olores distintos, son para el otro la misma cosa… Del mismo modo, puedo descubrirme a mí hablando de El Conurbano. Como un lejano oeste. No es Berazategui, Quilmes, Avellaneda, Florencio Varela, Lanús o La Matanza, es El Conurbano. Y Quilmes no es Ezpeleta, Bernal, Don Bosco, Solano: es Quilmes. Y lo conurbano es opaco. En la imaginación de muchos, incluyéndome, el Conurbano es gris. Cuando pienso la Expedición como la posibilidad de aventurarnos a nosotros mismos, me fascina la posibilidad de confrontar esas postales.

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En cada travesía que hacemos cargamos una mochila de prejuicios. Y el problema es que no los vemos, porque con ellos vemos. Esta aventura se trata, entonces, de hacernos cargo: yo, LULI, tengo prejuicios. Seremos entonces como los viejos expedicionarios, pero asumiendo nuestra soberbia. Intentando reconocer la presencia de esas imágenes que nos condicionan y nos mueven. Dándoles forma.
Toda Expedición tiene sus narradores. Me sumaré a este viaje largo de Constitución a La Plata –a mi propia casa- como cronista de la expedición. No llevaré filmadora. A la vieja usanza, trabajaré con la palabra y la imagen; aunque con nuevos soportes, como los blogs o el twitter. Cada crónica tendrá dos tiempos: un antes y un después, el viaje desde la comodidad del preconcepto hacia la aventura del encuentro que lo confirma o lo estalla en mil pedazos. Cada noche preguntaré a mis compañeros de viaje, y a mí misma, qué imaginan encontrar la jornada siguiente. Lo que ocurra en el día será experimentar la diferencia. ¿Será tan gris el Conurbano?
Me tienta la idea de viajar a mis prejuicios: explorarlos, deconstruirlos, explotarlos, volverlos palabras e imágenes, hacerlos arte.

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